martes, 29 de septiembre de 2020

 

 ESPERANZA EN EL DOLOR.

¿Resististe, alguna vez  días tenebrosos?

Se activan las ondas sonoras, plataformas  televisivas,  el ciberespacio en  simultaneo anuncian la tragedia que se desata en el mundo. No son avisos premonitorios es una realidad. Millares de personas  mueren abatidas  por el Coronavirus. Covid 19. Enfermedad letal del Siglo XXI,  que se gesta es Wuham, China.

 Crece de manera exponencial, sin misericordia, invisible, dispara sus misiles hasta alcanzar  su objetivo de extinción.

Su vigor, desnuda los estados del alma. Encarcela libertades, distancia expresiones físicas en la familia, arranca espacios sociales…  Quedamos a expensas del contagio. No se advierte cura alguna. Su poder nos subordina. Somos  sus   cautivos.

 Sin embargo, su dominio es limitado  es un vasallo sujeto a una autoridad Suprema, Soberana, es el Único que  determina los tiempos de estreno y cierra el telón de la existencia. Dios.

 Desde Madrid escucho la voz de mi hermano menor: “El coronavirus me visitó.”

 Con mis abriles a cuestas, seguidora del Dios vivo, aflora  mi reclamo: Suplico. Lloro. Inquiero. Se inflama la Palabra viva, en mi ser.  Dios responde, pero solo escucho  la mía.

 Quiero entenderte Señor.  ¿No lo llevarás? Es tu siervo, te ama, es un dador feliz, su pasión es predicar tu evangelio…”

 En Mayo, del 2020,  recibo la noticia. “Tu  hermano partió a la presencia del Señor”

 La querella se pausó, la oración se hizo perdurable. El silencio marcó límites. La fortaleza de mi esperanza pretendía desmoronarse. Sin embargo,  empieza la tarea de restitución. La Palabra, penetra en lo más íntimo de mí ser en un proceso lento, reiterado, silencioso   . Reflexiono:

¿Qué itinerario ha tomado mi esperanza? ¿Es solo, los expectativa sin turbulencias, para obtener resultados aquí y ahora?  Escucho:

Mi esperanza, es mi carácter. Un día la derrame en  tu corazón. Es aquella que no se desvanece ni es ilusoria. Es eterna. Mis promesas que hoy disfrutas son las mismas del futuro hasta la eternidad…”

La tarea delegada a tu hermano fue cumplida. Ha peleado la buena batalla. Ha entrado en la plenitud de mi gozo.”

 Mi fe se fortalece. Admito, que la oración y la Palabra son el oxígeno para el alma. Ellas fueron y son mi tabla de restauración.

Cuando la tristeza me visita recuerdo lo mejor de mi hermano. Mi mirada se posa en el cielo y,  la Esperanza eterna me abraza. Repito con libertad: La voluntad de Dios es buena, agradable, perfecta.

Hoy sintonizo, interactúo, oro  por los que sufren pérdidas. Aprendí que, el fruto de la compasión, es consolar, como he sido consolada.

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Romanos 5.5 

 

 

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