DE LAS
SOMBRAS A LA LUZ.
Reflexiono
sobre la historia de este hombre y me
pregunto ¿Es posible contextualizar las situaciones de este personaje con aquellos
que viven en tiempos contemporáneos?
Este hombre
de pequeña estatura y cuerpo enjuto, aun soñoliento se dirige a la única
ventana de la casa. Conoce cada rincón y se moviliza con facilidad como si pudiera
verla. Aspira la fragancia del campo envuelta con el fresco aroma de los frutos
silvestres. Piensa en voz alta: Tienen razón con llamar a Jericó, “Fragancia”.
Timio, su
padre, le recuerda: Bartimeo no olvides la capa al salir.
Con los ojos
abiertos o cerrados veo los lugares donde iba a jugar. Los árboles que trataba
de trepar. Me preguntaba ¿Que habrá al otro lado de las altas murallas que cercaban
la ciudad?
Contaban sobre el portentoso milagro de Dios,
cuando el ejército marchaba en pos de la de la tierra prometida. Solo el sonido
de las trompetas y los cantos derribaron los muros, como si fueran castillo de
naipes. Así lograron su objetivo.
Continúo mi
rutina. Espero encontrar personas dispuestas para cruzar esa calle resbaladiza.
Con sus murmuraciones parece que me apoyara en bastones quebradizos. Murmuran: Allí
viene el ciego pecador.
Escucho
rumores indefinidos. Nadie me responde.
Me levanto ¡Se de quien se trata! Grito:
¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Al unísono expresan: ¡cállate, no
interrumpas!
Jesús ordena que me lleven a su
presencia.
Su voz cálida lo define: ¿Qué quieres
que haga por ti? Señor: Quiero recuperar
la vista.
Son minutos indescriptibles paras mí.
“Vete tu fe
te ha salvado”
Bartimeo nunca volvió hacer el mismo. La
cercanía del Salvador lo abrazó, su voz
firme escudriño su alma, su dolor, sus quejas su pobreza de cuerpo y espíritu,
su victimización.
Cuando Dios habla, mira o toca responde de
manera integral. Limpia, otorga una
nueva identidad: Ser hijo de Dios.
¡No más
esclavitud! Tiene libertad de elegir. Reitera al decirle: “Vete…”
Bartimeo no recogió
la capa, la deja como vestigio de su vida antigua. Tenía nuevas vestiduras: Una
vida con propósito.
Un aspecto
central es la autosuficiencia que lleva
consigo la independencia de Dios y sus principios. Maneja sus propios códigos
de ética y moral. Entre la ambición y el
hastío, cae en el hedonismo, vía letal
para su vida.
Esta condición se repite en todos los tiempos
y esferas geográficas. Sea un rey o un mendigo o aquel que alcanza altas jerarquías por conocimiento, estatus
políticos, sociales, en riqueza o en
pobreza.
Solo
visualicemos los titulares de los diarios, para conocer ese abandono de vida:
“Muere por
exceso de heroína. Se suicida al sentirse engañado. Por venganza mata a un
hombre”.
La imagen de Dios empañada por el pecado, es inexistente
en el corazón, del hombre. Necesita ser
recuperada y ocupar el centro de su vida.
Es imperativo
establecer una relación genuina con Dios a través de Cristo. Acercarse en
humildad y arrepentimiento genuino para lograr un sentido de vida aquí y en la
eternidad.
“Jesús es el
mismo ayer, hoy y por los siglos”
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