Recuerdos Navideños de mi infancia.
En un pueblo minero del Norte peruano en
el departamento de la Libertad, llamado Quiruvilca, cuya traducción
del quechua significa: “Ojo de plata” en esos tiempos, fue muy cotizado por
el mineral de plata que se extraían de sus minas. Si bien el lugar
era agreste por la carencia del verdor en su geografía, sin embargo, en
lugares altos podía encontrarse especies del anhelado verdor de vida.
Otro elemento singular se daba en reemplazo de plantas y flores. Se veían
grandes espacios del lugar que despedían un brillo fluorescente. Era los
resultados del contacto de la luz solar con los minerales que copaban la
superficie.
Nos parecía escuchar a los adultos,
que el lugar era muy frío, la verdad que siendo niños era obvio, que nuestro
soporte para aceptar las temperaturas no
hacían eco en nuestros pequeños cuerpos o por lo menos no
lo sentíamos, sin embargo, la altitud de la zona era de 4000, msnm.
Este distrito, por pocos años, fue nuestra
residencia familiar. Allí transcurrió mi primera infancia.
Papá, luego de haber realizado
sus estudios en la capital de La Libertad, Trujillo se estableció en este
lugar con la familia, laborando en un interesante trabajo. Para entonces,
además de mis padres, los hermanos solo éramos cuatro: Olga, Víctor, Elsa y
Rosa Elvira quien siendo la última, de los hermanos, en ese tiempo, solo
tenía pocos meses de edad. Nuestras edades no pasaban de los doce años y
posiblemente yo no llegaba a los siete. Algo favorable para nuestro desarrollo
social es que teníamos la cercanía de otros parientes, cuyos padres también
laboraban en la zona.
Mi entusiasmo y curiosidad por el lugar
abrillantado se basaba en conocer esa vista lejana que capturaba mi mirada cada
mañana, mi imaginación de niña captaba figuras y situaciones raras, notaba que
si movía mínimamente mi vista ellas cambian su brillo en forma rápida
moviéndose de un lugar a otro. Repetía una y otra vez: Tengo
que llegar a verlos más cerca y tal vez pueda tocarlos.
No tardó mucho tiempo, Junto a mis
hermanos tuvimos que asistir a la pequeña escuelita y descubrimos
que muy cerca se vislumbraba ese lugar de mi inquietud: que antes se veía
tan lejano.
Al salir de las clases mis
hermanos me llevaron a conocer el lugar, atraídos todos por su esplendor.
Decidimos avanzar lo más cerca. No era un espejismo, eran portentosos
minerales que cubrían grandes espacios de terreno. Pude tocar
pedazos del mineral. Su belleza era mágica y hasta
llevé a casa una pequeña porción para preguntar
a papá sobre mi gran hallazgo. Él me enseñó que ese mineral se
llamaba Pirita.
Pasados los años y cuando no estaban a mi
alcance pude comprar pedazos de esos minerales por los recuerdos que
impregnaron mi infancia.
Mi abuela Eudocia era una
señora muy religiosa ejercía su autoridad con sus nietos con cariño. Yo
la quería mucho, todavía guardaba una muñeca de
tela, hecha por ella cuando yo era muy pequeña. Ella era la
menor de dos hermanos uno fue médico, y el otro sacerdote católico, quien ejercía
su sacerdocio en Trujillo. Además parecía que al curita, le gustaba adquirir
propiedades, tenía más de tres casas en el centro de la ciudad
trujillana. El abuelo Buenaventura, su esposo, era un intelectual escribió un
libro y fue director de colegio por muchos años en la ciudad de Cajabamba,
provincia de Cajamarca.
La abuelita, Eudocia, era la primera en
hacerse presente en las ceremonias cristianas con sus rosarios y otros eventos,
tenía muy presente las fechas religiosas.
Estando cerca la fecha navideña, no dejaba
de anunciarnos que todos deberíamos participar en esa gran
celebración, decía: ¡es el nacimiento del niño Jesús! Vayan pensando
y preparando el lugar donde levantaremos el nacimiento navideño.
Todos los primos y primas que no pasaban
de doce años y entre ellos yo quien era la menor, guardábamos con mucha
expectativa, esa celebración. Sin duda, quedó grabada en mi memoria como uno de los
mejores recuerdos familiares de mi niñez, tanto por el mensaje recibido como
por la interacción familiar.
La abuela Eudocia, tenía su agenda
establecida junto a las funciones de cada uno de nosotros. Las niñas
limpiarían todo el ambiente destinado al natalicio del niño Jesús.
Los varones se dedicarían a escalar las
montañas cercanas para sacar los pastos verdes que se conocían como champas,
estas tenían texturas aterciopeladas y por supuesto
las infaltables piritas en pequeñas piezas. Ellos serían el
marco para el lugar principal. Era un cuarto de gran
tamaño casi la mitad sería ocupado por la estructura navideña, desde
el piso hasta el techo de la habitación.
Las indicaciones se daban un día a la vez.
Ella solo anunciaba lo que no podía faltar
y algunas guías para diseñar el establo y los caminos rurales. No terminaba de
sombrarme ese cuarto escogido, con tanto espacio. Sin duda ya me sugería de la
importante de la fecha.
Se crearon pequeñas cataratas con
espejitos verticales o tal vez simulaban serlo, en sus bases se hallaban
las lagunas para que descansaran plácidamente, los patos en pleno
nado. Los espacios para corrales y pastizales para resguardar a las
ovejas, se cercaron con madera pintadas en verdes y amarillos.
Hicimos una construcción imaginativa con
bases según el relato hecho por nuestra abuela agregándole los recursos
culturales que conocíamos desde nuestra corta experiencia.
Mientras se terminaba el arreglo, por las
tardes mi abuela sacaba su guitarra y empezaba a tocar y a ensayar algunos
villancicos que cantaríamos en la gran fecha.
El penúltimo día, antes de la
exposición final reunidos todos los arquitectos paisajistas, nuestra líder
pedía que le ayudaran a sacar de su cuarto, un pequeño baúl, posiblemente de
cedro, allí guardaba los tesoros navideños. Con sumo
cuidado sacaba uno por uno: La sagrada familia, los ángeles, seguidos de
pastores, animales vacunos, ovinos, todos envueltos celosamente en papeles
de colores y de textura suave. Finalmente, sacó al niño. Mirábamos asombrados. ¡Era
hermoso!
Su rostro de colores rosado y marfil, de
lindos ojos azules de mirada muy tierna de bebé. Un pelo muy negro ensortijado
adornaba su bello semblante. Era un mestizaje español y peruano. Se dice que
este modelo de niño fue traído desde España por los jesuitas, desde el Siglo
XVI quienes impulsaron la devoción al niño Emanuel, en el Cuzco.
Teniendo los indígenas dificultad para
reconocer ese nombre, se lo cambiaron por niño “Manuelito”, desde entonces se
esforzaron en realizar las más hermosas esculturas las cuales eran exhibirlas
en su celebración o sea en Navidad. Esta réplica religiosa que poseía la
abuela, era una herencia de sus padres, desde el siglo XVIII.
Los personajes iban ocupando su lugar
correspondiente. Entre subidas y bajadas por caminitos rurales, lagunas con los
patos dentro de ellas, los pastores cuidando su rebaño y algunos en avanzada al
lugar de la adoración. El ángel Gabriel tenía un lugar preferencial en las
alturas.
Era difícil creer que toda la
estructura paisajística hubiese sido hecha por niños. Faltaron los
concursos, en esa época, de lo contrario hubiésemos sacado el
primer premio.
Allí no terminaba todo, la abuelita
precisó que iniciáramos la novena para el niño, es decir un tiempo, cada tarde,
para cantar los villancicos:
“Ya nació el niño Dios para ser el sol de
los soles para alumbrar con su presencia a toda la humanidad…”
Continuaba el baile siempre al son de la
guitarra, tomados de la mano avanzábamos hacia adelante,
hacia atrás, en ruedas de derecha a izquierda. Seguida de oraciones de
rutina, padres nuestros y ave marías.
Terminada la jornada nos daban un rico
chocolate caliente. Para el día 24 todos teníamos que tener las
cartitas escritas pidiendo al niño Dios el regalo que tanto habíamos soñado.
Muy emocionados ese día abríamos nuestros
regalos que se encontraban al pie de la cama. Realmente nuestra inocencia nos
llevaba a pensar que fue el niño Manuelito quien con amor nos repartió nuestros
sueños.
La celebración no terminó en esa fecha
sino el día seis de Enero que se recordaba la adoración de los reyes magos
quienes entregaron sus regalos al niño Dios. Teniendo como nombres los reyes
magos, Melchor, Gaspar y Baltazar, felizmente me libré, que me pusieran por
nombre Melchorita en lugar de Elsa.
Esa celebración marcó mi vida, mi sueño de
niña era poder tener dinero para poder comprar esas imágenes y hacer mi propia
festividad navideña.
Pasados algunos años cuando ya
radicábamos en la ciudad de Trujillo, mi mirada se fijaba en los ventanales de
las tiendas, donde exhibieron esas imágenes y empecé a juntar mis “propinas”
para llegar a tenerlas y, que piensan ustedes. ¡Lo conseguí!
Agradezco a Dios por estos recuerdos
hermosos, pero encontrar a Jesús, en Espíritu y en Verdad significó, encontrar
la VIDA.