

Jesús dador de vida
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro y se llamara su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Isaías 9:6
Ciertos personajes a lo largo de la historia, han ostentado títulos nobiliarios, tales como reyes, príncipes, condes, marqueses, y otros. Algunos, surgen como consecuencia del sistema monárquico, registrados históricamente en el mundo con vigencia en este siglo.
Estas celebridades guardan, celosamente, una línea de sucesión consanguínea dentro de sus ancestros. Su acercamiento es difícilmente accesible al contacto con el común de las personas. Sus apariciones en el mundo político y social, por lo general, conmocionan cuando tienen presentaciones públicas.
Veamos el gran contraste, que evidencia, el Señor Jesús, llamado con legitimidad, Rey de Reyes y Señor de Señores.
Su nacimiento fue profetizado 500 años antes de su nacimiento. Junto a esta profecía, recibe nombres, más que títulos nobiliarios. Es llamado, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
En estos nombres se sustenta su identidad, sus atributos divinos. Es el único que puede llevar con autoridad y poder, en sus hombros, las cargas más pesadas del ser humano, por eso, nos dice: ¨ Vengan a mí los que estáis cansados y trabajados que yo os haré descansar” Mateo. 11: 28.
En él se encarna el principado de paz que el mundo entero reclama, equivocadamente, con guerras. De Jesús viene el consejo que no defrauda, sino que es generador de vida en abundancia.
Sí, que es Dios fuerte, porque venció la muerte y con su resurrección llenó de esperanza a quienes en él creemos. Su gloria lo sostiene la eternidad, de la que nos hace participes.
Celebrar la Navidad, es traer a memoria su persona, su magnificencia y el regalo más preciado de Dios a la humanidad: Enviar a su Hijo para nuestra Salvación.
Jesús viene en humildad y en la debilidad de un niño, pero sin dejar de ser el Hijo de Dios. El, deja su gloria para darnos libertad de la opresión del pecado y con ella la vida eterna.
Para los hijos de Dios, la Navidad, nos debe motivar a compartir su amor, sin limites, evidenciado en la cruz.
Busquemos renovar nuestra fe, rompiendo el conformismo de los que hemos logrado entender el proceso del perdón y hagamos participes de esta realidad a los sedientos de paz.
Jesús murió en la cruz por todos, hoy vive para otorgarnos vidas felices y con significado.
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro y se llamara su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Isaías 9:6
Ciertos personajes a lo largo de la historia, han ostentado títulos nobiliarios, tales como reyes, príncipes, condes, marqueses, y otros. Algunos, surgen como consecuencia del sistema monárquico, registrados históricamente en el mundo con vigencia en este siglo.
Estas celebridades guardan, celosamente, una línea de sucesión consanguínea dentro de sus ancestros. Su acercamiento es difícilmente accesible al contacto con el común de las personas. Sus apariciones en el mundo político y social, por lo general, conmocionan cuando tienen presentaciones públicas.
Veamos el gran contraste, que evidencia, el Señor Jesús, llamado con legitimidad, Rey de Reyes y Señor de Señores.
Su nacimiento fue profetizado 500 años antes de su nacimiento. Junto a esta profecía, recibe nombres, más que títulos nobiliarios. Es llamado, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
En estos nombres se sustenta su identidad, sus atributos divinos. Es el único que puede llevar con autoridad y poder, en sus hombros, las cargas más pesadas del ser humano, por eso, nos dice: ¨ Vengan a mí los que estáis cansados y trabajados que yo os haré descansar” Mateo. 11: 28.
En él se encarna el principado de paz que el mundo entero reclama, equivocadamente, con guerras. De Jesús viene el consejo que no defrauda, sino que es generador de vida en abundancia.
Sí, que es Dios fuerte, porque venció la muerte y con su resurrección llenó de esperanza a quienes en él creemos. Su gloria lo sostiene la eternidad, de la que nos hace participes.
Celebrar la Navidad, es traer a memoria su persona, su magnificencia y el regalo más preciado de Dios a la humanidad: Enviar a su Hijo para nuestra Salvación.
Jesús viene en humildad y en la debilidad de un niño, pero sin dejar de ser el Hijo de Dios. El, deja su gloria para darnos libertad de la opresión del pecado y con ella la vida eterna.
Para los hijos de Dios, la Navidad, nos debe motivar a compartir su amor, sin limites, evidenciado en la cruz.
Busquemos renovar nuestra fe, rompiendo el conformismo de los que hemos logrado entender el proceso del perdón y hagamos participes de esta realidad a los sedientos de paz.
Jesús murió en la cruz por todos, hoy vive para otorgarnos vidas felices y con significado.

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