viernes, 1 de enero de 2021

 

Recuerdos Navideños de mi infancia.

 

En un pueblo minero del Norte peruano en el departamento de la Libertad, llamado  Quiruvilca, cuya traducción del quechua significa: “Ojo de plata” en esos tiempos, fue muy cotizado por el  mineral de plata que se extraían de sus minas. Si bien el lugar era agreste por la carencia del verdor en su geografía,  sin embargo, en lugares altos podía encontrarse especies  del anhelado verdor de vida. Otro elemento singular se daba en  reemplazo de plantas y flores. Se veían grandes espacios del lugar que despedían un brillo fluorescente. Era los resultados del contacto de la luz solar con los minerales que copaban la superficie.

Nos parecía escuchar a los adultos,  que el lugar era muy frío, la verdad que siendo niños era obvio, que nuestro soporte  para aceptar las temperaturas  no hacían  eco  en nuestros pequeños cuerpos o por lo menos no lo sentíamos, sin embargo, la altitud de la zona era de 4000, msnm.

 

Este distrito, por pocos años, fue nuestra residencia familiar. Allí transcurrió mi primera  infancia.

 Papá, luego de haber realizado  sus estudios en la capital de La Libertad, Trujillo se estableció en este lugar  con la familia, laborando en un interesante trabajo. Para entonces, además de mis padres, los hermanos solo éramos cuatro: Olga, Víctor, Elsa y Rosa Elvira quien siendo la última, de los hermanos,  en ese tiempo, solo tenía pocos meses de edad. Nuestras edades no pasaban de los doce años y posiblemente yo no llegaba a los siete. Algo favorable para nuestro desarrollo social es que teníamos la cercanía de otros parientes, cuyos padres también laboraban en la zona.

Mi entusiasmo y curiosidad por el lugar abrillantado se basaba en conocer esa vista lejana que capturaba mi mirada cada mañana, mi imaginación de niña captaba figuras y situaciones raras, notaba que si movía mínimamente mi vista ellas cambian su brillo en forma rápida moviéndose  de un lugar a otro. Repetía una y otra vez: Tengo que llegar a verlos más cerca y tal vez pueda tocarlos.

No tardó mucho tiempo,  Junto a mis hermanos tuvimos que asistir a la pequeña  escuelita y descubrimos que muy cerca se  vislumbraba ese lugar de mi inquietud: que antes se veía tan lejano. 

Al salir de las clases  mis hermanos  me llevaron a conocer el lugar, atraídos todos por su esplendor. Decidimos avanzar  lo más cerca. No era un espejismo, eran portentosos minerales  que cubrían grandes espacios de terreno. Pude tocar pedazos del mineral. Su belleza era mágica  y hasta llevé  a casa una pequeña porción  para preguntar a papá sobre mi gran hallazgo.  Él me enseñó que ese mineral se llamaba Pirita.

Pasados los años y cuando no estaban a mi alcance pude comprar pedazos de esos minerales por los recuerdos que impregnaron mi infancia.

Mi abuela Eudocia era  una señora muy religiosa  ejercía su autoridad con sus nietos con cariño. Yo la quería mucho, todavía  guardaba una muñeca de tela,   hecha por ella cuando yo era muy pequeña. Ella era la menor de dos hermanos uno fue médico, y el otro sacerdote católico, quien ejercía su sacerdocio en Trujillo. Además parecía que al curita, le gustaba adquirir propiedades, tenía  más de tres casas en el centro de la ciudad trujillana. El abuelo Buenaventura, su esposo, era un intelectual escribió un libro y fue director de colegio por muchos años en la ciudad de Cajabamba, provincia de Cajamarca. 

La abuelita, Eudocia, era la primera en hacerse presente en las ceremonias cristianas con sus rosarios y otros eventos, tenía muy presente las fechas religiosas.

Estando cerca la fecha navideña, no dejaba de anunciarnos  que todos deberíamos participar en esa gran celebración, decía: ¡es el nacimiento del niño Jesús!  Vayan pensando y preparando el lugar donde levantaremos el nacimiento navideño.

Todos los primos y primas que no pasaban de doce años y entre ellos yo quien era la menor, guardábamos con  mucha expectativa, esa celebración. Sin duda,  quedó grabada en mi memoria como uno de los mejores recuerdos familiares de mi niñez, tanto por el mensaje recibido como por la interacción familiar. 

La abuela Eudocia, tenía su agenda establecida junto a las  funciones de cada uno de nosotros. Las niñas limpiarían todo el ambiente destinado al natalicio del niño Jesús.

Los varones se dedicarían a escalar las montañas cercanas para sacar los pastos verdes que se conocían como champas, estas tenían texturas aterciopeladas y  por supuesto las  infaltables piritas en pequeñas piezas. Ellos serían el marco  para el lugar principal. Era un cuarto de gran tamaño  casi la mitad sería ocupado por la estructura navideña, desde el piso hasta el techo de la habitación.

Las indicaciones se daban un día a la vez.

Ella solo anunciaba lo que no podía faltar y algunas guías para diseñar el establo y los caminos rurales. No terminaba de sombrarme ese cuarto escogido, con tanto espacio. Sin duda ya me sugería de la importante de la fecha.

Se crearon pequeñas cataratas con espejitos verticales o tal vez simulaban serlo, en sus bases se hallaban las lagunas  para que descansaran plácidamente, los patos en pleno nado.  Los espacios para corrales y pastizales  para resguardar a las ovejas, se  cercaron con madera pintadas en verdes y amarillos.

Hicimos una construcción imaginativa con bases según el relato hecho por nuestra abuela  agregándole los recursos culturales que conocíamos desde  nuestra corta experiencia.

Mientras se terminaba el arreglo, por las tardes mi abuela sacaba su guitarra y empezaba a tocar y a ensayar algunos villancicos que cantaríamos en la gran fecha.

El penúltimo día,  antes de la exposición final reunidos todos los arquitectos paisajistas, nuestra líder pedía que le ayudaran a sacar de su cuarto, un pequeño baúl, posiblemente de cedro,  allí  guardaba los tesoros navideños. Con sumo cuidado sacaba uno por uno: La sagrada familia, los ángeles, seguidos de pastores, animales vacunos, ovinos, todos envueltos celosamente en papeles de colores y de textura suave. Finalmente, sacó al niño. Mirábamos asombrados. ¡Era hermoso!

Su rostro de colores rosado y marfil, de lindos ojos azules de mirada muy tierna de bebé. Un pelo muy negro ensortijado adornaba su bello semblante. Era un mestizaje español y peruano. Se dice que este modelo de niño fue traído desde España por los jesuitas, desde el Siglo XVI quienes impulsaron la devoción al niño Emanuel, en el Cuzco.

Teniendo los indígenas dificultad para reconocer ese nombre, se lo cambiaron por niño “Manuelito”, desde entonces se esforzaron en realizar las más hermosas esculturas las cuales eran exhibirlas en su celebración o sea en Navidad. Esta réplica religiosa que poseía la abuela, era una herencia de sus padres, desde el siglo XVIII.

Los personajes iban ocupando su lugar correspondiente. Entre subidas y bajadas por caminitos rurales, lagunas con los patos dentro de ellas, los pastores cuidando su rebaño y algunos en avanzada al lugar de la adoración. El ángel Gabriel tenía un lugar preferencial en las alturas.

 Era difícil creer que toda la estructura paisajística  hubiese sido hecha por niños. Faltaron los concursos, en esa época, de lo contrario  hubiésemos  sacado el primer premio. 

Allí no terminaba todo, la abuelita precisó que iniciáramos la novena para el niño, es decir un tiempo, cada tarde, para cantar los villancicos:

“Ya nació el niño Dios para ser el sol de los soles para alumbrar con su presencia a toda la humanidad…”

Continuaba el baile siempre al son de la guitarra,  tomados de la mano avanzábamos  hacia adelante, hacia atrás, en ruedas de derecha a izquierda. Seguida de oraciones de rutina, padres nuestros y ave marías.

Terminada la jornada nos daban un rico chocolate caliente.  Para el día 24 todos teníamos que tener las  cartitas escritas pidiendo al niño Dios el regalo que tanto habíamos soñado.

Muy emocionados ese día abríamos nuestros regalos que se encontraban al pie de la cama. Realmente nuestra inocencia nos llevaba a pensar que fue el niño Manuelito quien con amor nos repartió nuestros sueños.

La celebración no terminó en esa fecha sino el día seis de Enero que se recordaba la adoración de los reyes magos quienes entregaron sus regalos al niño Dios. Teniendo como nombres los reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltazar, felizmente me libré, que me pusieran por nombre Melchorita en lugar de Elsa.

Esa celebración marcó mi vida, mi sueño de niña era poder tener dinero para poder comprar esas imágenes y hacer mi propia festividad navideña.

 Pasados algunos años cuando ya radicábamos en la ciudad de Trujillo, mi mirada se fijaba en los ventanales de las tiendas, donde exhibieron esas imágenes y empecé a juntar mis “propinas” para llegar a tenerlas y, que piensan ustedes. ¡Lo conseguí!

Agradezco a Dios por estos recuerdos hermosos, pero encontrar a Jesús, en Espíritu y en Verdad significó, encontrar la VIDA.

 

 

 




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