Un gran libro, como tal tocó las fibras más sensibles de mi alma. Me
pregunto. ¿Cómo será en aquellas que han sufrido el abuso? A medida que
leía el manuscrito, iban desfilando los pequeños
rostros de Alicia, Nancy, Teresita, Rebeca, y muchas otras. Ninguna
pasaba de los nueve años. Y así mismo, de niños, como Juan Julio,
Manuel, Iván quienes fueron rescatados, en nuestro albergue, fundado
para este fin. Me impresiona el acierto que la autora hace de la
problemática, pero lo más rescatable es la solución a ella, que deviene
de lo que Dios nos recuerda en su Palabra ofreciendo consolación
esperanza y vidas restauradas.
Situaciones y rostros cercanos, identificadas en la convivencia, como expresiones de vida, resultaron
mas contundentes que las apreciaciones psicológicas de un profesional.
Pudimos entender la causa del dolor, la impotencia del reclamo, y los
anhelos de liberación, todas ellas traducidas en
rebeldías y peleas, en pesadillas nocturnas, en constantes escapadas de
la escuela y del albergue, como en inapetencias o enuresis nocturnas.
Como
refiere la autora muchos libros abordan el tema, pero que distinto es
tener el libro abierto de una vida en crisis. Toda lectura secular,
terapéutica en estas especialidades, que abordamos nos dieron parte del
conocimiento, al tener inmediata necesidad de buscar tratamiento a estas vidas en crisis. Pero
gracias a Dios que tuvimos el recurso de la oración y la fe al saber
que la obra de restauración la hace el Señor y en eso confié.
Mientras recorría las páginas de “abrazadas” despertaba en mi interior, identificación
con ese sufrimiento real, que sin ser mío, tangiblemente, lo hice
propio por empatía y acompañamiento. Sin embargo, lo más significativo del libro es el mensaje de esperanza, de sanidad, de ese afecto imperativo, prolongado
y trascendente, que solo puede darlo el Dios de toda justicia. Quiero
creer que nuestro trabajo no fue en vano y que las Alicias abandonadas,
que pasaron por mi vida, sean, como dice Keila, “las jovencitas, hermosas, vestidas con las mejores ropas y de huérfanas hayan pasado a reinas” por la acción maravillosa de Dios.
No
es fácil ver de cerca a una sociedad dolida, pero sin compromiso, aun a
ciertos magistrados insensibles, minimizando el daño, con actitudes que
gritan en su interior, “eso se ve todos los días” legitimando conductas
reprobables. La razón, es que la restauración de esas vidas resulta muy
costosa e implica compromiso e inversión en el sistema y en las
personas. Una mirada fría de estos lideres, es que los niños, “no producen” por eso se posterga toda inversión. Como solución final terminan, muchas veces, devolviéndolos a los hogares maltratantes, sin comprobar la superación de la crisis.
Como
la autora precisa, si bien Dios no habla directamente del abuso, sin
embargo, Dios empieza este proceso pedagógico, dándole un rostro humano
a su pueblo. Advertimos, su paciencia interminable, su misericordia entregada por amor, para sellarlo con el
abrazo del Padre, que las víctimas anhelan, como el sediento siervo,
cual imagen lacerada por la sed interior que los Salmos nos relatan.
Allí
esta el Padre, dolido, ofreciéndoles restauración de vidas, arrancando
los eslabones reincidentes de la esclavitud en cadena, que como un
cáncer, repiten lo que hicieron con ellos y ellas. Mas adelante, los
lleva a ocupar una “situación privilegiada” nos dice Keila, cambiando en sonrisas
los ceños fruncidos, en cánticos nuevos, los lutos del alma, como
cuando las “raíces son arrancadas de la palmeras, para convertidas en
joyas preciosas”.
Este
libro no se puede dejar de leer y hasta tenerlo como un manual de
encuentro y consulta, para todos aquellos que trabajan con niños, para
todo consejero eclesial y aun más, las puertas de la Iglesia deben
aperturarse y no estar clausuradas cuando el delito se comete. Somos
los embajadores de Dios para ejercer justicia. Nuestro reto continúa,
poniéndonos en la brecha por las victimas, teniendo una voz actualizada
y firme, buscando restauración a las que sufren humillación y les
robaron su inocencia tempranamente. Es caminar de la mano,
identificadas con la compasión de Jesús.
Gracias
Keila porque junto al quebrantamiento que la lectura produjo en mi,
también surgió la gratitud inmensa a Dios por las veces que me dirigió
en la búsqueda de soluciones de estas vidas amadas.
Elsa Chigne C.
No hay comentarios:
Publicar un comentario